ERIK EL ROJO

Manuel Velasco

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XTREM

Malos tiempos para nacer ©manuel velasco

En el fiordo de Ulfstan, al sudoeste de Noruega, muchos pensaron que aquello no era sino el comienzo del Ragnarok, la gran batalla del fin de los tiempos que, según las leyendas, sería precedida de un terrible invierno. Y aquel lo fue. El más espantoso de todos.

La nieve hizo su aparición mucho antes de lo normal y desde entonces el cielo se convirtió en una perenne capa plomiza de espesas nubes que no cejaron en su empeño de mantener la tierra blanca. A las grandes nevadas sucedieron ventiscas interminables y, cuando llegó lo que debería haber sido el comienzo normal del invierno, el fiordo y los caminos de las montañas ya llevaban muchas lunas intransitables. Se perdieron las cosechas y el heno, y gran parte del ganado, enloquecido por el hambre y el frío, intentó una huida hacia el sur, como si en algún rincón de su memoria de especie recordasen algo similar ocurrido en un remoto pasado.

Se sacrificaron todos los animales que no escaparon, tanto para ser comidos como para que no muriesen ante la escasez de forraje. El olor de la sangre atrajo a osos solitarios y manadas de lobos hambrientos; algunos hombres, tan desesperados como ellos, salieron a cazarlos. Ninguno volvió.

Otro signo del Ragnarok fue la actitud de la gente. Las escasas provisiones mermaron rápidamente y en más de una granja se hicieron cosas que más tarde nadie querría recordar. Se olvidaron demasiadas normas que hasta entonces habían supuesto la forma normal de vida en aquellas tierras; normas perfiladas a lo largo de generaciones para hacer la existencia posible en un lugar bastante aislado donde era muy fácil cruzar los límites y caer en la barbarie más absoluta. Pero aquel largo y siniestro invierno, cuando el hambre se superpuso a cualquier voluntad, la vida mostró su rostro más cruel y hubo que seguir adelante de cualquier manera.

No eran buenos tiempos para nacer, pero bajo esas circunstancias llegó al mundo, en aquel apartado lugar de Noruega, el que sería llamado Erik, hijo de Thorvald, aunque pasaría a la historia como Erik el Rojo.

Fue durante una madrugada de ventisca ensordecedora.

Tras sacar el pequeño cuerpo con brusquedad del vientre de la madre, Thorvald, sin disimular la repugnancia que le causaba aquella actividad impropia de un hombre, lo observó a la mortecina luz de una lámpara y le encontró todo tipo de defectos, aunque realmente sólo tenía uno: estaba muy delgado.

Pero un padre tenía derecho a rechazar a un hijo que naciese con alguna deficiencia o que considerase que no fuera a crecer sano y fuerte para llenar de orgullo a su familia. Al fin y al cabo, un bebé no se consideraba un ser humano hasta que se le había puesto nombre, al noveno día del nacimiento.

Asdis, agotada por el cansancio y el dolor, lloriqueaba en la cama mientras veía cómo su marido meneaba negativamente la cabeza. La expresión no dejaba lugar a dudas. Pero, ¿cómo hacerle comprender que tantos meses de sufrimientos no podían terminar de aquella manera?

Así, según la costumbre, el recién nacido fue declarado úborin börn y,  por lo tanto, expuesto a la intemperie.

Thorvald colocó el pequeño cuerpo sobre el hielo, detrás de la casa, cubierto con los trapos manchados de sangre aun caliente, pensando que eso atraería más rápidamente a los lobos y no quedaría ni rastro del que lamentarse más tarde.

Pero, poco después, la madre salió de su inconsciencia y, medio desnuda como estaba, desafió el intenso frío y corrió al exterior atraída por un llanto que únicamente ella pudo escuchar. El bebé estaba vivo y reclamaba con unas fuerzas que sólo podían calificarse de sobrehumanas el derecho a seguir estándolo.

Asdis lo apretó contra su pecho y ya nadie pudo quitárselo.

Thorvald, con los ojos húmedos, tuvo que reconocer su equivocación. Un bebé con aquella capacidad de supervivencia no merecía ser expuesto. Prometió hacer sacrificios a los dioses cuando eso fuera posible, tanto para agradecerles aquel hijo como para hacerse perdonar su grave error.

Y, como si los dioses lo hubiesen escuchado, al día siguiente, los primeros rayos de sol, después de muchas lunas, iluminaron el fiordo haciendo que la luz reverberase sobre el blanco que cubría todo lo que alcanzaba la vista. Y así se sucedieron varias jornadas. Al parecer, el Ragnarok había quedado pospuesto y tanto dioses como hombres iban a tener otra oportunidad.

La primavera, que parecía llegar con hambre atrasada, devoró en pocas jornadas los hielos, haciendo que las pétreas paredes del fiordo se cubriesen de numerosas cataratas blancas. Árboles y plantas, sabedores de lo efímero del clima cálido en aquellas latitudes, despertaron de su letargo, cubriendo rápidamente la tierra de un verde exultante.

Todos los supervivientes celebraron la vida con lo poco que pudieron conseguir y nadie pidió explicaciones por los cadáveres, muchos de ellos desmembrados, que el deshielo dejó al descubierto. La vida era dura y había que seguir adelante.

Como era la costumbre, Thorvald hizo el ausa vatni, aceptando definitivamente al niño al noveno día, con el signo de Thor, asperjando sobre él unas gotas de agua y dándole el nombre de Erik en memoria de un antepasado de gloriosa memoria. Aunque se suponía que hasta ese momento el alma no entraba en el cuerpo de un bebé, la mayoría de los presentes tenían serías dudas de que aquel cuerpecito pelirrojo no estuviese animado por un poderoso espíritu desde el mismo instante en que nació. En cualquier caso, todos estuvieron de acuerdo en que era poseedor de una gran hamidja que le protegería a lo largo de una larga y venturosa vida.

 

Mirad a los hombres que esperan.

Observad el brillo de sus miradas.

Llevan demasiado tiempo en tierra

envueltos en las mezquindades cotidianas.

Sólo el mar les hace sentir libres.

El pelo revuelto por el viento

y el picor de la sal en los labios.

Ya no hay otro anhelo en su vida

que ver el horizonte unido al cielo

y el destino abriéndose a cada golpe de mar.

 

¡Sube a bordo!

Mil aventuras aguardan más allá del arco iris.

¿Acaso somos árboles para echar raíces?

Nuestra casa está allá donde

el sol, la luna y las estrellas

nos iluminan y guían.

¡Sube a bordo!

 

Seguiremos la ruta de los cisnes.

El mundo es demasiado grande

para que nos quedemos parados

viendo crecer la hierba.

Mira la cabeza del dragón.

Ella nos precede y protege en nuestras incursiones.

Su sola presencia atemoriza a nuestro enemigo.

 

Mira la vela arriada.

Pronto estará hinchada por el viento.

Las maderas crujirán con orgullo

y todos sentiremos que la vida

vuelve a fluir en nuestro interior.

Bien cierto es que no todos vuelven,

pero, ¿quien te asegura una buena muerte

mientras sueñas en tu casa con todo aquello

que pudiste hacer si te hubieras atrevido a subir?

¡Sube a bordo!

Y tu vida ya no volverá a ser la misma.