|
Capítulo
1
¡Vaya susto
que nos llevamos! Han pasado muchos años y lo he contado en numerosas
ocasiones, pero, a veces, todavía me estremezco al recordarlo.
Era verano, aunque aquel día había amanecido brumoso y, aun a media mañana, el sol seguía luchando por hacerse un hueco en aquel lugar del mundo. Ese lugar era Catoira, mi pequeña aldea gallega; a la bruma del mar se añadían las tenues humaredas de sus chimeneas, que encontraban cierta dificultad para ascender libremente por el aire. Sólo el repiqueteo lejano del martillo de mi padre, el herrero, ponía un contrapunto al leve murmullo habitual de un día tranquilo dentro de la monótona vida cotidiana. Yo me encontraba con mi hermano Diego y con nuestros amigos Andrés y Alfonso. Nos habíamos alejado del pueblo, para ir a donde solíamos bañarnos, y habíamos iniciado uno de nuestros juegos habituales en el que luchábamos contra alguno de aquellos temibles dragones que poblaban las historias que nos contaban los mayores en torno al fuego. Pero lo que no podíamos esperar era que justo aquella mañana nos encontrásemos con uno de ellos surgiendo fantasmagóricamente por entre las brumas de la ría. Y lo vimos. Vaya si lo vimos. Pero este dragón no echaba fuego por la boca ni volaba por los aires; sólo se deslizaba ágilmente sobre las aguas tranquilas de la ría. Paralizados por el terror, tardamos unos instantes en darnos cuenta de que realmente era un barco con una terrible cabeza de dragón en la proa. Pero, de igual modo, nosotros también fuimos vistos y una flecha, en un recorrido veloz y perfecto, hizo blanco en el pecho de Andrés, que se hundió tras un estertor apenas audible. Ese fue el resorte que logró movernos a los otros tres; nos metimos completamente en el agua mientras otras flechas silbaban sobre nosotros, acompañadas por unos alaridos que bien podrían proceder del mismísimo infierno. Cuando no pudimos aguantar más la respiración, asomamos la cabeza. El barco seguía su curso, desdibujándose su imagen según se alejaba entre las brumas. A pesar de que ya estábamos fuera del radio de acción de las flechas e incluso de la visibilidad de quienes las disparaban, cuando llegamos a la orilla nos aplastamos todo lo posible contra el suelo y el miedo no nos permitió movernos por un tiempo que se me hace difícil precisar. Cuando al fin pudimos articular palabra, fue un tropel nervioso de balbuceos lo que salió de nuestras bocas, aunque todos nos comprendimos perfectamente. Aquellos eran los piratas del norte de los que habíamos oído hablar a los mayores. Teníamos que escapar antes de que nos matasen o nos llevasen como esclavos. No era la primera vez que ocurría en aquellas tierras; de hecho, todos teníamos familiares más o menos lejanos que en el pasado habían muerto a manos de esa gente. Y eso, por no mencionar a las mujeres y niños que habían sido raptados y nunca jamás se volvió a saber de ellos.Desde hacía mucho tiempo, los distintos monjes que habían llegado a la ermita del pueblo, invocaban a menudo a Dios con la frase a furare normannorun, libera nos, Domine. De la furia de los hombres del norte, libéranos, Señor. Todos pensábamos que eso nos protegía. Pero esta vez Dios no había escuchado. O tal vez nos estaba castigando a cambio de vete a saber qué pecados. Respecto a aquellos diablos rabiosos, los viejos solían narrar la historia de cómo sus antepasados los habían visto por primera vez más hacia el norte, junto a la Torre de Brigantia; aunque aquella vez el rey Ramiro les propinó una buena paliza, y hasta les llegó a quemar la mitad de los barcos. Nadie esperaba que volviesen, pero los vikingos regresaron unos quince años más tarde e hicieron una carnicería en varios lugares del reino de Galicia. Con el tiempo llegaron noticias del Al-Andalus, la extensa zona de la Península Ibérica dominada por los musulmanes, cuyas costas, incluidas las del mar Mediterráneo, fueron igualmente saqueadas. Tras aquellas incursiones
hubo otras; muchas poblaciones habían quedado totalmente arrasadas
e incluso a algún obispo nunca se le volvió a ver la barriga;
pero ya habían pasado bastantes años desde el último
saqueo, por lo que el estado de alerta se había relajado bastante
y todos se habían hecho a la vida tranquila. Los monjes decían
que mientras creyésemos en Dios y este escuchara nuestras oraciones,
nada había que temer. Pero demasiado sosiego y rutina hace bajar
la guardia y, según he ido aprendiendo con los años, Dios
no ayuda a quienes no se ayudan a sí mismos. Incluso algunos jóvenes
llegaban a dudar de la certeza de las historias que contaban los mayores.
No era mi caso; incluso podría decir que aquellos nórdicos
estrafalarios resultaban mis enemigos favoritos, con los que me identificaba
fácilmente a la hora de jugar. Claro que una cosa es oír contar
historias a los viejos, con su tendencia a fantasear y a apropiarse de hechos
que nunca vivieron, y otra es encontrarse cara a cara con el enemigo. Entonces vi como un vikingo terminaba de hacer un poderoso movimiento de arco con su espada y la cabeza de mi padre salía despedida hasta caer rodando cerca de mis pies. No lo dudé, mi brazo se movió instintivamente hacia la pared donde había apoyado un martillo de mango largo; lo alcé con las dos manos y descargué todas mis fuerzas sobre la nuca de aquel hombre, que cayó fulminado sin llegar a saber quien le atacaba. Entonces sentí una energía especial recorrer mi cuerpo, como la descarga de un rayo que traspasara cada uno de mis órganos; la sentí hacerse sólida y transformarse en una furia que ansiaba aplastar, destruir, despedazar, derramar más y más sangre. No es que entonces fuera consciente de todo esto, tal vez ni siquiera fuese totalmente como lo cuento, pero ahora me imagino en aquella escena con la cara trasformada en una máscara de ira, comenzando a descargar martillazos contra el cuerpo caído de aquel vikingo, una y otra vez, una y otra vez, rompiendo huesos, cuyas puntas astilladas sobresalían entre la carne machacada, hasta que sentí que algo intangible me detenía. Recuperé la respiración, me serené un poco y, al mirar aquel cuerpo destrozado, sentí cierto temor por lo que había sido capaz de hacer; pero al ver el otro cuerpo, el de mi padre, de cuyo cuello aun surgían chorros discontinuos de espesa sangre oscura, volví a sentirme traspasado por una impetuosa llamarada que surgía desde algún tenebroso y recóndito ámbito de mi interior, como si aquella violencia presenciada hubiese abierto una puerta que me conectaba con escenas de sangre y fuego de un remoto pasado en las que yo mismo me sentía protagonista. Afuera ya había terminado la matanza; no había sido difícil acabar con aquellos sencillos pescadores y artesanos. Ahora los vikingos se apresuraban a recoger todo cuanto encontraban valioso. Aquel no era un pueblo especialmente rico, pero había comida. Y mujeres, que ellos parecían necesitar tanto como el propio alimento.Nada más
salir de la herrería, corrí hacia el primer vikingo que vi
e intenté asestarle un martillazo, pero él, que era el doble
de alto que yo, lo esquivó de un salto, sorprendido al ver al sujeto
del ataque, y empezó a reírse. Nuevos intentos acabaron de
la misma manera. Aunque el martillo ensangrentado sólo encontraba
aire a su paso, yo, jadeante y ciego de ira, no cejaba en mi propósito
de alcanzar a aquel hombre. Instantes después, ambos estábamos
rodeados por un círculo de vikingos, riendo todos por lo insólito
de la escena y haciendo comentarios que causaban nuevas risotadas. Por fin, el vikingo dejó caer el saco que llevaba colgado a la espalda, sujetó el martillo al vuelo y, arrancándolo de mis manos, lo arrojó lejos. Sólo entonces fui consciente de mi indefensión; ahora ni siquiera tenía la posibilidad de huir. Observé la gran frialdad, a pesar de su media sonrisa, con que aquel hombre comenzaba a desenvainar su espada. Este es el fin, me dije. El acero refulgió en el aire mientras se alzaba con un movimiento preciso. Pero, en vez de arrodillarme implorando misericordia, me quedé mirándolo desafiante, mientras esperaba el golpe final, sin aparentar el más mínimo signo de terror, como quien lo ha perdido todo y ya estuviese resignado a entregarse a la muerte, pero sin apartar la mirada. Justo entonces, otro vikingo detuvo a tiempo el brazo del primero. Lo quiero para mi, imagino que le dijo, intercambiándose ambos una mirada áspera que duró más tiempo de lo que la ocasión requería. El toque de un cuerno llamando desde el barco puso fin a la tensa situación. Minutos después, yo pataleaba al aire mientras era subido al drakkar junto a gallinas, vacas, ovejas y cerdos, con la diferencia de que yo seguía vivo. El barco regresó por el mismo camino. Como seguía sin hacer viento, los vikingos tomaron puestos ante los remos. Atrás quedó la aldea incendiada, sembrada de cadáveres destrozados y seguramente, prefiero creerlo así, algún que otro superviviente que habría conseguido escapar a tiempo. Traté de controlar el terror que sentía entre aquellos bárbaros que gritaban locos de euforia; muchos tenían las ropas y la cara salpicadas de sangre; y aquella pelea, lejos de agotarles, parecía que les había infundido nuevas energías. Cuando pasamos por el lugar donde nos habían descubierto mientras nos bañábamos, miré con ansiedad tratando de ver algún rastro de mi hermano y mi amigo. Entreví dos cabezas moviéndose tras unas rocas y me erguí todo lo que pude, por si así podían verme. Un silbido familiar imitando a una lechuza me confirmó que eran ellos y me dispuse a saltar por la borda. Pero cuando mi cuerpo ya estaba en el aire, una mano grande y fuerte me apresó un pie y toda la fuerza de mi impulso se transformó en un golpe contra la cubierta del barco. Aquella mano poderosa era del mismo hombre que me había salvado de la muerte un poco antes y que me había subido a bordo cargándome sobre su cadera, como si fuera un lechón. Con la nariz sangrando, intenté forcejear hasta que me sentí agotado e impotente entre aquellos brazos de acero que me sujetaban. Los vikingos que había cerca reían, aunque, curiosamente, ninguno mostraba una actitud agresiva contra mi. Simplemente les parecía divertido tenerme allí y que quisiese escapar. Yo, claro, no comprendía nada. Y me preguntaba que porqué no me mataban mientras aquel hombre, pelirrojo como yo, ataba mis manos al mástil sin mostrar ningún signo especial de crueldad; lo que también me resultaba incomprensible. Al fin y al cabo, había intentado matar a uno de ellos (del que maté de verdad no llegaron a saber nada) y después había intentado escaparme. Motivos había de sobra para que quisieran acabar conmigo. A no ser que tuviesen planeado algo aun peor... [la edición en papel está agotada] desde aquí puedes conseguir la edición electrónica [se puede imprimir] |