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Dublín, la ciudad-laberinto
Antes de escribir esta novela, James Joyce escribió Dublineses. El último capítulo se llamaba Ulises y fue descartado para convertirse en el germen de la historia que escribiría años más tarde. Aunque no escribió esta novela en Dublín, Joyce siempre tuvo a mano un mapa de la ciudad e incluso escribía cartas a amigos para que le contasen, por ejemplo, cómo eran las flores que podían verse desde cierta ventana de cierto lugar, para así dar a su novela unas localizaciones precisas. Los 18 capítulos nos muestran una ciudad laberinto, donde los personajes se encuentran y desencuentran una y otra vez a lo largo del día, pasando a veces por las mismas calles a horas distintas. Las personas que los inspiraron se fueron y algunos de los lugares desaparecieron. Ya no hay tranvías ni luces de gas y el uso de las monedas es infinitamente más simple (hasta que se implantó el sistema decimal, la libra se dividía en 20 chelines y el chelín en 12 peniques, aunque el lenguaje popular lo complicaba aun más; por ejemplo, dos barras y un ala era la forma de llamar a 2 chelines y seis peniques). Han pasado incendios y guerras y, sobre todo, la gran transformación urbanística que cambió la cara de Europa entre los años 60 y 70. Ya no es posible visitar el número 7 de la calle Eccles, donde se sitúa la casa del protagonista y su esposa Molly (en realidad, allí vivía un amigo de Joyce), aunque si es posible ver la puerta de esa casa en el James Joyce Centre (la empresa demoledora tuvo a bien salvarla, en 1967). Ya no es posible tomar una cerveza en Barney Kiernan, pero sí en el Davy Byrnes. Ya no es posible visitar el Monto, el "distrito de luces rojas", pero sí bañarse en los Forty Steps (aunque ahora con bañador). Ya no es posible pasear sin ruido de coches, pero aun se puede contemplar la serenidad de un anochecer desde el faro de Howth. |